BIENVENIDOS AL MAGREB

CONTEXTO HISTORICO-CULTURAL

Magreb, que en su traducción al castellano quiere decir “el lugar por donde se pone el sol” o “lo que está a occidente” es el nombre que se da al norte de África desde los tiempos en que el mundo árabe se extendía desde el oeste de Asia Central hasta la costa atlántica de África.

A la parte occidental de este Imperio (lo que hoy llamamos Oriente Medio) se le llamó Mashrek, “por donde sale el sol” o “lo que está a oriente”. El punto que marca esta distinción oriente-occidente es el río Nilo, en Egipto.

Los países y territorios que conforman el Magreb son Libia, Túnez, Argelia, Marruecos, Sahara Occidental y Mauritania, aunque muchos autores se refieren habitualmente al Magreb incluyendo entre sus países miembros únicamente a los tres centrales: Túnez, Argelia y Marruecos, que (salvando diferencias) son los que más similitudes culturales presentan entre sí en la actualidad. El Sahara Occidental es un territorio objeto de litigio desde los tiempos de la descolonización española. A pesar de su reivindicación de autonomía, Marruecos se lo anexionó unilateralmente en 1975 y provocó el éxodo de su población, que vive refugiada en el desierto argelino desde hace más de 30 años1.

A pesar de su Historia compartida y de formar parte de un entorno geográfico y cultural común, los países que conforman esta región presentan importantes diferencias sociales, políticas y en su grado de desarrollo, que hacen difícil que podamos tratar la zona como un “todo” homogéneo, a riesgo de simplificar y caer en inexactitudes.
Veamos algo más sobre lo que une y sobre lo que diferencia entre si a los países del Magreb.

El entorno social y cultural de lo que hoy entendemos como Magreb nace vinculado a la expansión del mundo árabe, que alcanza el continente africano ya en la segunda mitad del S.VII del calendario occidental2. Hasta ese momento, en que la religión y la cultura árabes se expanden con rapidez desplazando a las autóctonas, en el norte de África habían convivido tribus nómadas beduinas y bereberes, con los vestigios de los Imperios romano y bizantino, que habían visto en la costa meridional del mediterráneo un enclave estratégico para las rutas comerciales y de tráfico de materias primas y manufacturas.

Durante los 12 siglos que transcurren hasta la llegada de los europeos, el Magreb (y el mundo árabe en general) vive una época de esplendor vinculada principalmente al auge del Imperio Otomano.
En este entorno, las artes, la cultura y la ciencia alcanzan un esplendor entonces esconocido en Occidente, que vivía sumido en el oscurantismo medieval. A finales del S. XIX el desarrollo industrial y la búsqueda de materias primas y nuevos mercados llevan a Europa a emprender la colonización del continente africano. Portugueses, franceses, belgas y británicos se reparten el continente, cuya zona norte cae bajo dominio francés principalmente. Francia, que considera a estos países como “territorio francés de ultramar”, emprende entonces una política de asimilación a la metrópoli, instaurando el concepto de “francophonie” o hermandad lingüística y cultural. La cultura impuesta choca con la realidad cultural e histórica de los países colonizados, que oponen una fuerte resistencia a la dominación y se embarcan en luchas de liberación nacionales, en las que la reivindicación de la cultura y tradiciones árabes se convierte en una herramienta más de resistencia. A mediados del S.XX estas luchas comienzan a fructificar y en poco más de una década, uno por uno, todos los países del área (Mauritania, Marruecos, Argelia, Tunez, Libia)acceden a la independencia. El último en lograrlo es Argelia, que accede a ella en 1962 tras largos años de lucha con la metrópoli.

Tras la independencia de los países del Magreb proclaman sus constituciones y desarrollan modelos de Estado que sintetizan la experiencia colonial y las peculiaridades autóctonas. Se trató en muchos casos de sistemas parlamentarios de partido único, que han ido evolucionando en los años 80 y 90 hacia un pluripartidismo más representativo. En los últimos tiempos, el empeño de los gobiernos por impedir el auge del islamismo político (que articula una propuesta de Estado basada en la religión musulmana) ha hecho temer por el éxito de los procesos democratizadores que se están viviendo en la mayoría de países magrebíes.

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