FALSOS MITOS SOBRE LA DISCRIMINACIÓN DE LAS MUJERES MUSULMANAS

Es corriente escuchar la afirmación de que las sociedades musulmanas siempre han discriminado a las mujeres, pues se trata de una religión machista. En realidad, el Islam estableció desde el principio la noción de la responsabilidad individual tanto para hombres como para mujeres e hizo hincapié en el respeto por ambos sexos y sus derechos5. Según numerosos estudios, en tiempos del profeta Mahoma, éste se rodeaba de algunas mujeres, a las que dio responsabilidades similares a las de los varones. Si bien por entonces la sociedad seguía siendo patriarcal y por lo tanto poco igualitaria, las musulmanas participaban en las actividades comunes, en labores sociales y especialmente en la enseñanza, como discípulas y maestras. En lo político, las mujeres participaban activamente en la organización del Islam, interviniendo y opinando en las asambleas de la incipiente comunidad islámica.

Además, en el caso particular del Magreb, en sus tierras existieron mujeres como las legendarias Amazonas libias, una sociedad guerrera matriarcal que llegó a invadir Egipto, o como la jefa militar y sacerdotisa bereber al Kahina, que en el S.VII gobernó sobre gran parte de África del Norte. Una vez completada la conquista árabe en el área, se dieron numerosos ejemplos de mujeres que alcanzaron poder político como sultanas, reinas o gobernadoras (si bien nunca les fue permitido el acceso al poder religioso).

Con el paso del tiempo, los hombres se dieron cuenta del poder del discurso religioso para perpetuar la supremacía social, política y económica masculina. La centralización del poder religioso en manos de los hombres (al igual que ocurre con otras religiones, como la católica o la budista) y la asimilación en estas sociedades de la autoridad religiosa con la civil, favorecieron el uso de la religión como fuente de coacción para imponer limitaciones a la actividad y protagonismo político de las mujeres, relegando así su papel a los ámbitos doméstico y privado.

Una excepción destacable que rompió esa norma fue el caso de las mujeres argelinas que, durante los ocho años de guerra de independencia combatieron mano a mano junto con los hombres en el Frente de Liberación Nacional. Por desgracia, una vez logrado el objetivo de su lucha y obtenida la independencia, las mismas mujeres fueron devueltas a sus hogares y sus reivindicaciones fueron pospuestas por los hombres en pro de la construcción nacional.

En el caso de las mujeres saharauis, ocurrió prácticamente lo mismo: durante la guerra con Marruecos se establecieron en Tindouf (Argelia) los campamentos de refugiados saharauis, a la espera de poder retornar a sus hogares en el Sahara Occidental ocupado por Marruecos.
El protagonismo social y la organización de la vida en los campamentos, en ausencia de los hombres que se encontraban luchando, corrió por cuenta de las mujeres.

Cuando el Frente Polisario renunció a la lucha armada y los hombres regresaron a sus hogares, éstos asumieron de nuevo el papel político y de organización de la sociedad, relegando a las mujeres a la organización interior de la jaima (el hogar).

Entre las prácticas que son presentadas frecuentemente como ligadas a los principios de la religión musulmana o la cultura islámica se encuentra la ablación o circuncisión femenina. En realidad, la circuncisión (masculina y femenina) es una práctica preislámica, cuyos primeros registros datan de la edad de Bronce. En concreto la femenina fue practicada por egipcios, hititas, fenicios, etíopes o griegos y por pueblos tan diferentes como el sudanés, los conibos del Perú, o el aborígen australiano. En las sociedades árabo-musulmanas se sigue realizando la circuncisión masculina por tradición cultural y no religiosa, ya que no existe ningún versículo en el Corán que la mencione.
Tampoco aparece la ablación, por lo que estamos hablando de una práctica tan poco “musulmana” como “cristiana”. En la actualidad esta práctica brutal, cuya intención final es limitar la libertad sexual de las mujeres manteniéndolas sometidas a los varones, sigue presente tan sólo en algunos países musulmanes (pero no en los del Magreb) y en cambio sí perdura entre sectores de la población cristiana o animista de Egipto, Sudán y el África Subsahariana.

La poligamia es otra de las cuestiones más llamativas que se suelen presentar vinculadas a la religión musulmana. En realidad, la poligamia (o poliginia, para ser más exactos, ya que hace referencia a la unión de un hombre con varias mujeres) aparece ya mencionada en el Antiguo Testamento, que narra cómo Abraham, David, Moisés o Salomón tenían varias esposas, cientos de años antes de la aparición de la religión musulmana. El Corán sí la menciona expresamente, pero numerosos autores están de acuerdo en que la intención era regular una práctica ya existente (no introducirla): limitaba el número de esposas a cuatro, dotándolas de derechos económicos y de elección de los que no disfrutaban con anterioridad. Así pues, en el momento que el Corán fue escrito (primera mitad del S.VII), venía a introducir destacables mejoras para la vida de las mujeres.

El problema, una vez más, surge cuando los hombres (que ostentan el poder religioso y civil), instrumentalizan la religión de un modo conveniente a sus intereses, para perpetuar mediante esta excusa una práctica ancestral y mantenerla inamovible a lo largo de los tiempos. Hoy tenemos muestras de sociedades musulmanas donde la poliginia esalgo común (Arabia Saudí, donde 120 de cada 1.000 varones casados son polígamos, o Sudán con 168 por millar), mientras que en muchas otras (Líbano, Turquía, Malasia) es rara, inexistente o está prohibida. En los países del Magreb, aparte de Túnez, donde está prohibida desde 1956, la tasa de poligamia es de las más bajas (18 por millar en Argelia), con la excepción de Marruecos (66 por millar). La explicación puede venir por que en el Magreb, los ámbitos rurales suelen ser más reacios a practicarla posiblemente por factores económicos, mientras que en el ámbito urbano, el acceso de las mujeres al mercado laboral y la educación disminuye su tolerancia ante esta práctica.

En cuanto a la polémica cuestión del velo o hiyab, sucede que en los últimos años ha pasado de ser un elemento de preservación del honor familiar a convertirse en el símbolo por excelencia de una pretendida confrontación cultural entre occidente y el mundo árabe.

Históricamente, el velo dista mucho de ser un uso cultural propio y único del mundo musulmán. Al igual que el pañuelo o la mantilla en otras latitudes, incluyendo las mediterráneas (pensemos en nuestras abuelas hace 50 años), el hiyab fue muestra de elegancia y distinción social al tiempo que implicaba un trasfondo de salvaguarda del pudor y el honor femeninos.

La peculiaridad de la evolución del hiyab deviene en parte de la etapa colonial, cuando los colonizados incitaban a sus mujeres a llevar el velo como resistencia a la aculturación y como símbolo de la identidad árabomusulmana. Así el velo se convirtió en aquella época en la manifestación de un nacionalismo que rechaza la asimilación al modelo occidental, en un medio para distinguirse del colonizador. Como resultado las mujeres son instrumentalizadas una vez más, cargándoseles con la responsabilidad injusta de ser las depositarias y guardianas de la identidad colectiva árabe-musulmana.

En gran medida, esta carga simbólica continúa presente en la actualidad pero con elementos nuevos, ya que para muchas mujeres magrebíes el uso del pañuelo (ya sea en sus países o en occidente cuando emigran) se ha convertido en un acto político realizado de manera consciente, mediante el cual reivindican una identidad social diferenciada.

Gran parte de las mujeres magrebíes que utilizan esta prenda lo hacen debido a convicciones personales y para ellas no representa un acto de sumisión a los hombres sino a su dios, una expresión de su fe. Muchas otras lo utilizan por mera costumbre sin plantearse ninguna reivindicación política ni religiosa al respecto.

Pero hay que recordar también que otra parte de las mujeres que usan el velo no lo eligen libremente, sino obligadas por la familia o por la presión social del entorno, para evitar ser calificadas negativamente o molestadas en lugares públicos. Es en estos casos cuando el uso del hiyab se convierte en un síntoma de discriminación y falta de libertad, en un instrumento de limitación a las mujeres en su libertad de elección.

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