La mujer en el Magreb

La Mujer en el Magreb

Rashida Carrom

Hablar de la situación de la mujer musulmana en general, o de la mujer Tamaçijt (Bereber) en particular, nos sitúa en el resbaladizo terreno de los tópicos. Los seres humanos tenemos una facultad especial, la capacidad paro producir mitos, creer en ellos y hacer que otros lo crean. Por ello, parece prudente someter a análisis crítico toda creencia que tengamos relativa a la situación de la mujer en el Magreb, por extendida que esté, si es que realmente queremos percibir con seriedad y honestidad los verdaderos problemas con los que se enfrenta la mujer en el Norte de África.

Se suele plantear la cuestión a base de ideas preconcebidas, prejuicios, juicios de valor, obsesiones que ambientan la discusión, incitan a la polémica, pero que en ningún caso enfocan el tema desde una perspectiva amplia. Hay un especial gusto por recurrir a tópicos manidos, a repetir siempre la misma imagen que retrata una sociedad terrible para la mujer, sometida cruelmente a un déspota carente de todo sentimiento. Todo discurso occidental acerca de la mujer magrebí destaca desde el principio este cliché; para justificarlo se citan continuamente los estereotipos que ya tenemos mas que asumidos: el moro es machista, insensible, autoritario, patriarcal, terriblemente celoso e injusto, cruel… a su lado hay una mujer reprimida, invisible, atormentada, siempre a la espera de ser rescatada por Occidente.

Las películas americanas, uno de los elementos mas influyentes en nuestra cotidianidad, lo queramos o no, no han dejado de difundir esta imagen tópica, incluso cayendo en estupideces que sin embargo recogemos sin el menor sentido critico. No hace mucho, en una de esas fantásticas películas, un supuesto príncipe árabe decía a su interlocutor, un diplomático occidental: “… nosotros no tenemos ninguna palabra en árabe para designar a los niños”. Lo dijo y se quedó tan pancho: barbaridades de este tipo abundan hasta la saciedad. En cualquier caso, el estereotipo esta más que asumido por todos nosotros.

Además, el turista que llega a un país del norte de África no encuentra más que corroboración a lo que ya tiene claro: se alarma cuando no descubre mujeres en los bares, discotecas o cines, cuando pasan junto a él misteriosamente envueltas en sus velos… Todo ello le confirma la invisibilidad de las mujeres, su carencia de protagonismo en la sociedad, su marginación mas absoluta Simplemente nuestro turista no se ha dado cuenta de que no esta en Europa. No sospecha que pueda haber mundos distintos al suyo, en el que existan otros valores, mundos con otra historia, con otras prioridades, con otro tipo de relaciones entre los seres humanos.

Si querernos comenzar a situar la cuestión en su marco tenemos que empezar a tener en cuenta elementos a los que muy pocas veces se aluden. El Magreb empieza a ser ocupada de modo sistemático por los europeos a lo largo de los dos últimos siglos. Argelia primero y después Marruecos y Túnez son colonizados principalmente por Francia y en menor medida por el Estado español. El encuentro entre ambos mundos es traumático: mientras los hombres caían en los frentes de batalla, las mujeres del Magreb veían cómo cambiaba la situación del país. La dominación colonial produce drásticas mutaciones, pero no nos consta que jamás se haya analizado con profundidad la situación a la que condenó el colonialismo a la mujer.

La mujer magrebí se asomó al mundo occidental como prostituta o criada. En las ciudades dominadas por las fuerzas de ocupación, las autoridades militares francesas y españolas, a la vez que reclutaban campesinos para los ejércitos regulares, compraban los servicios de mujeres a las que la guerra había desprotegido totalmente: viudas, huérfanas, mujeres de condición muy humilde, las que carecían de recursos, pasaron a formar parte de una servidumbre que hacía mas soportable la vida a los aguerridos legionarios extranjeros. Son esas las primeras experiencias occidentales de la mujer magrebí. La humillación engendró un intenso complejo de inferioridad.

La arrogancia con la que se presenta el extranjero en las tierras del Magreb, la fuerza de sus armas, su magnifica organización jerárquica, su política sibilina del “divide y vencerás” quebró del todo las estructuras tradicionales, la economía basada en el intercambio, el sistema educativo articulado en torno a la descentralización más absoluta, dislocó el sistema político tribal que garantizaba la independencia de los individuos dentro del marco autónomo de su geografía.

Todo esto lo desmontó el colonialismo, sometiendo a la población indígena a una administración fuertemente centralizada, a una aculturización basada en la admiración incondicionada de la civilización occidental, en la que se marginaban la historia y los valores del pueblo sometido.

Conforme las estructuras coloniales se iban consolidando y de la situación de guerra se pasaba a la explotación organizada de los territorios ocupados, iban apareciendo planes de desarrollo que se inspiraban exclusivamente en modelos occidentales y que ofrecían a la opinión pública de sus metrópolis la justificación de sus atropellos bajo el disfraz de una labor civilizadora.

Todo un cuerpo de intelectuales producirán una literatura que ensalza los logros de la administración semimilitar, semicivil de los países del Magreb.

Se acude a los mitos, se pasa del término Colonia al de Protectorado para subrayar el carácter civilizador de la dominación. ¿De qué se protege a los magrebíes?: de sí mismos, de su barbarie, de su retraso con respecto al tren europeo, modelo a imitar por el mundo de la incivilización y el paganismo.

Cuando se repasa esa bibliografía colonial, su ingenuidad nos puede hacer sonreír pero son el espejo de una mentalidad que hizo terribles estragos en su momento. En uno de esos informes, ya de época franquista, se describe la promoción cultural de las niñas rifeñas en el marco de las escuelas nacional-católicas del momento. El ideal de mujer rifeña, aunque colonizada, era el mismo que el de las mujeres de la Sección Femenina de la época. Se deseaba estimular en ellas el amor a la familia, la religiosidad, el sometimiento al pater familia, así como se le daban clases de labores y gastronomía.

No podemos pasar por alto lo de la gastronomía: a parte de hacer paellas y gazpachos no se sabe que podían enseñar a las rifeñas, entre las que el arte culinario está mas que desarrollado. Se las uniformaba al modo de las falangistas y se les comunicaba todas las consignas del régimen. Esas pocas mujeres de Tánger, Tetuán, Larache y Alhucemas, que habían gozado del privilegio de acercarse a los aledaños de Occidente, eran el ejemplo que se proponía a las demás que todavía estaban ancladas en prácticas primitivas, que se negaban a amoldarse a los imperativos del momento, culminado en Occidente.

El tiempo ha pasado, las cosas han cambiado, la mentalidad es distinta y el modelo que se propone a los musulmanes es otro. La modernidad es irresistible, pero en el fondo, de lo que se trata es de lo mismo: estamos tan convencidos de nuestros patrones como lo estuvieron en su momento las mujeres de la Sección Femenina. Si la mujer magrebí es invisible, lo es para el mundo occidental. Nos negamos a ver a esa mujer porque simplemente queremos otra. Los verdaderos problemas de la mujer magrebí no nos interesan: sólo nos interesa que esté en los cines, en los bares, que cuide su cuerpo hasta estilizarlo según nuestros patrones de belleza, que vista según la última moda.

No se trata esto de superficialidad en el análisis; al menos así es vivenciado el problema entre las mujeres magrebíes a las que llega el mensaje europeo.

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