Estereotipos sobre el mundo musulman

Cuando en Occidente se habla de la supuesta discriminación de las mujeres magrebíes se da por sentado que su religión es el origen de sus males, en vez de buscar las causas en la política de los Estados correspondientes y la herencia sociocultural patriarcal de sus sociedades. Para entender esa percepción es importante situarla en el marco general de los estereotipos sobre el mundo islámico, sondeando su procedencia en antecedentes históricos y políticos. Al fin y al cabo, la hostilidad y xenofobia exhibidos actualmente hacia los musulmanes encuentran parte de su alimento en rancios tópicos sobre el Islam.

En España, los periodistas, la intelligentsia en general, e incluso algunos científicos sociales, incurren fácilmente en el etnocentrismo en cuanto aluden a la situación de las musulmanas. Una característica importante de esa perspectiva es la asunción como axioma de una diferencia entre Oriente y Occidente, oponiendo la racionalidad de «nosotros» a la irracionalidad de «ellos», y «nuestro» desarrollo con «su» subdesarrollo, con lo que se reafirma la propia identidad entendida como superior. Una gran parte de los periodistas continúa viendo a estas mujeres como víctimas dependientes en un estado de semiesclavitud, culpando de ello a la religión musulmana.

Los medios de comunicación propagan imágenes deformadas y estereotipadas sobre el velo, la clitoridectomía y la violencia política en países musulmanes; en una economía del discurso que ha medrado aún más con la violencia que desarrollan algunos miembros de los movimientos integristas islámicos. La discriminación de las afganas y el secuestro y asesinato de algunas argelinas llegan a la opinión pública de manera distorsionada y amplificada. Naturalmente, estas imágenes despiertan sentimientos de sospecha, recelo y temor, al tiempo que refuerzan juicios previos sobre los musulmanes como violentos, agresivos y misóginos.

Los estereotipos occidentales sobre las sociedades musulmanas como misóginas, fanáticas, irracionales y violentas no son nuevos. El Islam era (y sigue siendo) visto como una amenaza para la moral cristiana. Según Robinsón (1990: 16), entre los siglos XII y XVIII, la Iglesia hizo hincapié en un ataque a Mahoma. Su vida se convirtió en el centro de atención para tratar de demostrar que era un falso profeta y la irracionalidad y la agresividad de la religión musulmana. Entre otros cargos, le acusaban de inmoralidad por aconsejar a su pueblo que gozase de su sexualidad (aunque esta recomendación se sitúa dentro del matrimonio).

En la visión etnocéntrica se manifiesta un miedo a lo distinto, percibido como extraño y peligroso. En el terreno de la sexualidad, el discurso cristiano hegemónico ve a su religión como verdadera y a la del otro como equivocada e inmoral. Al mismo tiempo que el Islam legitima la poligamia y el matrimonio entre primos de primer grado, el cristianismo prohíbe la primera y desaconsejaba hasta hace poco el segundo, que requería del consentimiento de las autoridades religiosas

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