Discriminación no religiosa hacia las mujeres magrebies

El desconocimiento.

La sociedad occidental –aquella que se autodenomina ‘desarrollada’ por formar parte del ‘Primer Mundo’- percibe a la mujer musulmana -como si en ningún caso estuviera presente en ‘Occidente’-, como un sujeto pasivo, reprimido, impensante. La mujer islámica se convierte en el imaginario colectivo en una víctima de la religión y, el Islam, en la institución que perpetúa la discriminación hacia las mujeres.

Cultura y religión se superponen, por lo que los principios y prácticas de la una se asimilan, por ignorancia, a la otra. En la evolución histórico-política de los países árabes hay quienes han querido encontrar –o quienes sólo han visto – la evolución de la confesión mahometana. Lo árabe y lo musulmán se confunde. La convicción religiosa o ‘sumisión a Dios’ se traduce por ‘sumisión al hombre’ (padre, hermano, esposo, etc.) Los signos políticos –especialmente los nacionalistas- resultan finalmente religiosos, y viceversa.

Es en este contexto de desconocimiento, en el que se olvida la posición política y social de muchas mujeres magrebíes desde la conquista árabe (siglo VII), la lucha femenina durante la colonización por la independencia de sus respectivos países…, y más recientemente, los movimientos feministas y de liberación de la mujer por la igualdad de oportunidades y derechos ante la ley.

La auténtica discriminación.

Es justamente en la legislación donde comienza la auténtica discriminación hacia la mujer magrebí, ya que si bien las Constituciones recogen la igualdad de derechos entre ciudadanos, independientemente de su sexo, la realidad cotidiana es muy diferente: existen normas específicas referidas al parentesco que elevan a categoría de leyes las prácticas socioculturales propias de una sociedad patriarcal y patrilineal. El desarrollo de una legislación que promueva la igualdad se supedita a los Códigos de Familia o de Estatuto Personal, basados en la ley islámica y a su interpretación más o menos progresista por los hombres que ostentan el poder. Muchos movimientos femeninos reivindican precisamente la modificación o supresión de dichos códigos.

La exclusión de la mujer continúa en el acceso a la educación. Es significativo el caso de Marruecos: si el 65,7% de los hombres están alfabetizados, en el caso de las mujeres no llega al 40%. En Argelia, Libia y Túnez el porcentaje de hombres que saben leer y escribir es casi un 20% superior que el de las mujeres. Según aumenta el nivel educativo y formativo, esta desigualdad es aún mayor.

Las tasas de desempleo femenino en el Magreb son unas de las más altas del Mundo (sólo trabajan 2 de cada 10 mujeres en edad activa), como también lo es la fragmentación por género del mercado laboral (35 mujeres por cada 100 hombres económicamente activos). Esta situación deriva de la escasa formación femenina y puede ser matizada al no tener en cuenta el trabajo doméstico.

Finalmente, los bajos niveles de desarrollo humano en la región del Magreb (Argelia, Libia, Marruecos, Mauritania, Túnez) fomentan la feminización de la pobreza: son las mujeres las primeras víctimas de la pobreza y, consecuentemente, las que sufren las mayores restricciones en el acceso a la sanidad, vivienda, educación, renta… la única salida que ven muchas mujeres a tal situación son las migraciones, regulares o irregulares, en este último caso víctimas de explotación y nuevos tipos de discriminación.

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